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Reportaje | Turismo Responsable

04-03-2020

Feminismo y turismo: descubriendo las historias de 7 grandes mujeres

Este 8 de marzo homenajeamos a 7 mujeres que representan la lucha feminista en el ámbito turístico. Desde su área, contexto social o lugar geográfico, luchan y reivindican el feminismo cada día. Un artículo de Núria Abellan, Carla Izcara, Alejandra López, Angélica Picado, Marta Salvador, Érica Schenkel y Angela Teberga.


Crédito Fotografía: Joe Piette, bajo licencia creative commons.

En los últimos años, mujeres de alrededor del mundo han salido masivamente a las calles para celebrar el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Este movimiento coge fuerza en una jornada donde se pide la igualdad para todas las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad. Como ha sucedido a lo largo de la historia, el género sigue siendo un eje de opresión hoy en día, repercutiendo en múltiples aspectos como la representatividad, la igualdad de condiciones laborales, la repartición de las tareas de cuidados, las oportunidades de participación, entre otros. Es por eso que en este artículo destacamos a siete mujeres protagonistas de este 8 de marzo, todas ellas relacionadas de una manera u otra con el turismo, con historias y luchas muy diferentes, pero con una característica en común: su perseverancia constante como arma social de cambio.

Clara Domínguez, mujer líder y emprendedora del TRC en Hornaditas, Jujuy (Argentina)

Como sucede en la mayoría de los casos, en Argentina el turismo rural comunitario (TRC) es una actividad liderada principalmente por mujeres. Es la mujer campesina indígena quien se apropia de la actividad, la resignifica y conduce para convertirse en una gestora de su comunidad y de su gente. A través de esta primera protagonista, Clara Domínguez, intentamos reconocer y destacar a este colectivo de mujeres.

Clara, junto a su esposo y sus cuatro hijos, integra una familia diaguita que habita en el norte andino en Hornaditas (Jujuy), un pueblo de lengua originaria quechua, ubicado muy cerca de la ciudad de Humahuaca. Ella comenzó a dar sus primeros pasos en la actividad en 2002, cuatro años antes de conformarse la Red Argentina de Turismo Rural Comunitario (RATuRC). Cuenta que decidió hacerlo debido a la crisis que atravesaba la economía familiar y su deseo era que sus hijos pudieran estudiar. Ya en ese entonces, muchos de los visitantes que llegaban a la zona (por su cercanía al Río Grande y la Cueva del Inca) mostraban interés por vivir una experiencia familiar y cotidiana con las comunidades del lugar, como ella misma la define. 

En ese momento la mayoría de los pobladores se mostraban bastante apáticos con esta posibilidad, como sucedía con el propio gobierno. Clara destaca que estos primeros vínculos con el TRC los emprendieron totalmente solos, sin ningún tipo de ayuda y que su propósito era integrar a más pobladores de Hornaditas en el desarrollo turístico. Esto impediría la migración a las grandes ciudades y, tal como afirma Clara: “Mantener vivas nuestras costumbres y nuestra cultura milenaria".

Desde sus inicios, el proyecto de Clara se ha potenciado sobremanera, tanto en términos familiares como comunitarios. La casa familiar se ha ampliado para contar con habitaciones construidas especialmente para los visitantes, que hoy pueden pasar el día o incluso permanecer durante varios meses y compartir actividades de su vida diaria. Entre estas actividades destaca el pastoreo y el ordeñe de cabras, la cosecha de sembradíos, los recorridos por cultivos de plantas medicinales ancestrales, así como la elaboración de quesos y panes, la recolección de leña, el teñido, hilado y tejido en el telar y la preparación de la comida que luego se comparte.

El mismo empeño que Clara le ha destinado a su emprendimiento familiar, lo ha puesto en Hornaditas. Desde entonces, la comunidad se ha visto beneficiada con el desarrollo de nuevos espacios sociales, como un puesto de salud, una biblioteca y cocinas solares para las familias, que antes solo podían cocinar a leña. También se lleva a cabo el acopio de donaciones de ropa, útiles escolares, alimentos y libros, que luego se distribuyen entre los habitantes y, si es posible, se comparten con las comunidades cercanas. 

Cuando comenzaba a recibir los primeros visitantes, Clara cuenta que para ella el turismo comunitario era entender la unión del interés colectivo con el privado y el privado con el colectivo, “porque es en comunidad la manera en que decidimos vivir”. La labor que viene desarrollando desde entonces refleja que, si esto no es el turismo comunitario, se le parece bastante.

Rosângela Bandeira, una mujer que hizo de su dolor una razón para luchar

El día 10 de enero de 2020 se cumplieron diez años del fallecimiento de la tripulante brasileña Camila Peixoto Bandeira, asesinada a los 28 años por el tripulante y el que era también su pareja, Bruno Souza Bicalho Vale Ricardo. El feminicidio tuvo lugar a principios de 2010, dentro del navío MSC Musica, en aguas jurisdiccionales brasileñas. El motivo fue que la víctima habría descubierto la participación de Bruno Souza en el tráfico de drogas y lo iba a denunciar a las autoridades.

La lucha de su madre, Rosângela Bandeira, se ha vuelto pública y emblemática. Al principio, su esfuerzo fue demostrar que su hija había sido asesinada y no se había suicidado como se había insinuado. Más tarde, su objetivo se convirtió en castigar al asesino de acuerdo con el derecho penal brasileño. Desafortunadamente, hoy en día Bruno sigue en libertad, perseguido por la Política Federal de Brasil y la Interpol por el crimen que conmocionó a toda la tripulación en ese momento.

Rosângela Bandeira, muy conmovida e infeliz con la tragedia, comenzó a liderar un movimiento brasileño de víctimas de cruceros, junto con su hijo José Bandeira y, en poco tiempo, han conocido varios casos de miembros de la tripulación que, de alguna manera, también han sido perjudicados por la gran industria de cruceros. Hay casos de muertes misteriosas, despidos injustos, negligencia médica en el barco, acoso moral y sexual por parte de los jefes, restricción de la libertad, entre otros.

La Organización de Víctimas de Cruceros (OVC) se fundó en 2014 como una asociación de familias, dirigida por la familia Bandeira, que se esfuerza por mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la tripulación. Su objetivo es reunir a personas con el propósito de actuar o colaborar "para la erradicación del trabajo degradante para la dignidad de la persona humana y/o análogo a la condición de esclavitud, así como el tráfico de personas cuyo objetivo es reclutar trabajadores para servicios bajo tales condiciones en cruceros, así como para defender los derechos humanos de sus miembros, víctimas de este tipo de prácticas en territorio nacional o extranjero” (Estatutos de la OVC, 2014).

La creación de la ONG brasileña se inspiró en la asociación estadounidense International Cruise Victims (IVC), que desempeñó un papel decisivo en la creación de la ley Cruise Vessel Security and Safety Act en territorio norteamericano. La ley, aprobada y sancionada en 2010 por el entonces presidente Barack Obama, tiene como objetivo reducir los delitos y fortalecer la investigación de los que se producen a bordo. En este sentido, los armadores están obligados a proporcionar acceso completo a las grabaciones de cámaras de seguridad, siempre que las autoridades lo soliciten, y a utilizar dispositivos de seguridad que eviten que las personas se caigan por la borda.

En Brasil, la OVC ha tenido un marcado papel político desde su fundación y se ha convertido en un canal importante para denunciar las irregularidades laborales a bordo. Ha participado en varias reuniones y audiencias públicas en todo el país para presentar las demandas de los miembros de la tripulación que han sufrido todo tipo de injusticias en los barcos. Además, ha ideado proyectos de ley, actualmente en trámite en el Senado Federal, sobre la distribución de competencias para la investigación de delitos que tuvieron lugar a bordo, y también sobre la regulación de la profesión de la tripulación de cruceros y la aplicación de la legislación laboral brasileña a los miembros del navío que son contratados y trabajan en territorio nacional.

Rosângela Bandeira, jubilada de 67 años, es una mujer que hizo de su dolor una razón para luchar. Es una mujer guerrera que ha permanecido durante 10 años, y tantos como sea necesario, luchando para que este bárbaro crimen no quede impune. Es una mujer solidaria que abraza las causas de otras familias de miembros de la tripulación que también han sufrido y sufren las injusticias que ocurren en alta mar. Nuestro sencillo homenaje y solidaridad hacia ti, Rosângela.

Eulalia Corralero, impulsora del movimiento de “Kellys Unión”

Eulalia, nacida en un pequeño pueblo de Extremadura en 1963, se vio obligada a viajar a Cataluña junto a sus seis hermanos en busca de oportunidades de trabajo. A los catorce años ya empezó a trabajar en una casa particular, pero poco después se pasó a los hoteles como sus dos hermanas mayores. Comenzó sirviendo en el restaurante, pero, una vez tuvo a su hijo, pasó a ser camarera de pisos ya que el horario era más compatible con la vida familiar. Como ella explica: “En aquella época era una gran oportunidad y fue después de unos años que nos dimos cuenta de que nos habíamos dejado la salud trabajando”.

Eulalia ha trabajado más de 30 años en un hotel familiar del pueblo costero de Lloret de Mar (Cataluña). Fue delegada sindical durante muchos años, pero siempre sintió que los sindicatos no respondían suficientemente a sus demandas. Fue en 2014 cuando, al leer el artículo de Ernest Cañada Las que limpian los hoteles en El País, encontró a alguien que explicaba los problemas de salud y la sobrecarga de trabajo que sufrían las camareras de piso.

La idea que surgió a partir de una reunión con varias camareras de piso de Lloret de Mar fue la de crear un grupo de Facebook llamado “Las Kellys”, donde ofrecer apoyo moral y un espacio para poder desahogarse. Aunque no dominaba las redes sociales, el grupo cada vez iba teniendo más miembros y así se creó una red de apoyo a nivel estatal. Las quejas estaban siempre relacionadas con el dolor y el agotamiento físico. Desde la reforma laboral y la renovación de los hoteles, las condiciones laborales habían empeorado y sufrían una gran sobrecarga de trabajo. 

El nombre de “kellys” es un acrónimo de “las que limpian”. Con este nombre querían reivindicar la importancia de su trabajo y eliminar las connotaciones negativas relacionadas con las tareas de cuidados y limpieza. Un año después, averiguaron que “kelly” en gaélico significa guerrera. Tal como dice Eulalia: “Es lo que hacemos, no es malo y es muy importante. Es un trabajo muy digno que merece ser más valorado y reconocido. Ser kelly tiene que dejar de ser algo negativo.”

Debido al gran crecimiento del grupo de apoyo decidieron formar una asociación con el objetivo de mejorar sus condiciones laborales. Desafortunadamente hubo disputas en el movimiento y Eulalia, entonces presidenta, fue expulsada de la asociación aun teniendo el apoyo de un sector importante de “kellys”. A partir de este tropiezo, surge la idea de crear distintas asociaciones locales para así aumentar el nivel de implicación y tratar los problemas específicos con más profundidad. A finales de febrero de 2020, cuatro de estas asociaciones se han constituido legalmente ya en una federación. Es por eso que Eulalia expresa: “Mi idea es unir a todas las kellys y así con esta unión alcanzar el cambio.”

Dos de los mayores logros de la lucha de estos últimos años que resalta nuestra protagonista son: el reconocimiento de tres enfermedades laborales (síndrome del túnel carpiano, la bursitis y la epicondilitis o codo de tenista), hecho que facilita pedir la baja por enfermedad laboral y no común, y el haber mejorado la vida de muchas mujeres. Ella afirma que “el haber creado esta red ha hecho que no nos sintamos solas delante de los problemas y que reconozcamos lo importante que es el papel de la mujer en la sociedad.”

Actualmente tienen como objetivo poder jubilarse a partir de una determinada cantidad de años trabajados, manteniendo así todos los derechos y garantías. Quieren también seguir incidiendo como asociación y complementar la función que hacen los sindicatos ya que ellos tienen la capacidad de ayudarlas a conseguir sus objetivos. 

Para finalizar, Eulalia deja un mensaje a todas las lectoras: “Centrémonos más en lo que nos une y no en lo que nos divide. Si somos capaces de eso, podremos cambiar la sociedad.” 

Angelina Aspuac, un homenaje a la lucha de las mujeres tejedoras guatemaltecas 

Una de las características comunes que tienen todas las mujeres presentes en este artículo y muchas por las cuales levantamos la voz este 8 de marzo es su capacidad de lucha constante. Este adjetivo de luchadora define muy bien a la siguiente protagonista: Angelina Aspuac. Angelina nació en 1977 en una familia Kaqchikel de agricultores del sur de Guatemala, más concretamente, en el pueblo de Santiago Sacatepéquez.

La mayoría de las mujeres mayas de esta zona se dedican al arte de tejer, en particular al telar de cintura. En Guatemala esta práctica representa un espacio de memoria y construcción de una identidad colectiva. De esta manera, los tejidos ancestrales se utilizan para almacenar información cultural pero, a la vez, los vestidos mayas son también los portadores de una historia de exclusión y resistencia.

Actualmente Angelina es integrante del Movimiento Nacional de Tejedoras y de la Asociación Femenina por el Desarrollo de Sacatepéquez (AFEDES), donde se integró con solo 21 años. Así es como desde estas organizaciones lucha por el respeto a los derechos humanos de las mujeres indígenas que muchas veces se encuentran discriminadas y son las que más padecen situaciones de pobreza. Una de las luchas de AFEDES, juntamente con otras mujeres tejedoras, es la presentación de una iniciativa de ley al Congreso Guatemalteco en 2014 para proteger los tejidos mayas, reformando cinco artículos de la Ley de Derechos de Autor y Derechos Conexos, la Ley de Propiedad Industrial, la Ley de Protección y Desarrollo Artesanal y el Código Penal. El motivo principal de esta demanda es que las compañías nacionales e internacionales están usando estos tejidos fabricados por las mujeres como productos de ropa y complementos de alta gama. Es por eso que reclaman un reconocimiento a los pueblos indígenas como autores intelectuales, de tal manera que las comunidades lleguen a acuerdos con las empresas y obtengan una compensación por el uso de sus tejidos.

Por otro lado, los mayas también se han sentido explotados por el Instituto Guatemalteco de Turismo (INGUAT) que utiliza la cultura indígena con una atracción turística del país, sin compensar a las comunidades por los ingresos provenientes de los visitantes. Además, los mayas son vistos como una cultura “folklorizada” sin ser reconocidos como una autentica cultura guatemalteca, con incluso escenas de turistas disfrazados con indumentaria indígena, lo que supone una burla para las comunidades. 

Esta lucha, que es en gran medida de mujeres pobres muy trabajadoras, se produce veinticuatro años después de que los Acuerdos de Paz de 1996 pusieran fin a la Guerra Civil de Guatemala que se llevó unas 200.000 vidas y cuyo 83% eran mayas. Por esto, este 8 de marzo homenajeamos a las tejedoras que luchan por la igualdad de derechos y por el reconocimiento de su lugar en la sociedad y, en especial, a Angelina Aspuac por su labor de lucha y fuerza constante. 

Margalida Ramis, pensando una sociedad post-capitalista desde Mallorca

Yayo Herrero, Alicia Puleo, Ruth Escribano, Angélica Velasco, Alba del Campo, Margalida Ramis... Estos son algunos de los nombres que conforman un largo listado de mujeres que han dedicado y dedican su vida y su labor al activismo ecologista. Margalida Ramis es actualmente y desde el año 2007 la responsable y portavoz del área de campañas de territorio y recursos naturales del Grup Balear d’Ornitologia i Defensa de la Naturalesa (GOB), entidad ecologista de referencia en las Islas Baleares. 

Nacida en Sa Pobla, Mallorca, en 1976, se licencia en Física en la Universidad de las Islas Baleares y se sitúa en la ecología política para desarrollar un proyecto dedicado a las energías renovables en Menorca, que más adelante llega también a Mallorca. A partir de esta experiencia, y con una preocupación creciente por la vinculación entre ecología y sociedad, funda Enginyeria Sense Fronteres, entidad con quien desarrolla proyectos de cooperación internacional en el marco del ecologismo social. 

Posteriormente, trabajando como asesora de gestión de residuos, surge la oportunidad de entrar a formar parte del GOB, centrándose en las campañas de territorio, urbanismo y recursos vinculadas al proceso de turistificación creciente en Mallorca. Actualmente el GOB está propiciando espacios de reflexión para repensar la situación de dependencia turística y sobreexplotación de los recursos naturales, obviando la diversificación económica que podría generar una economía fuerte y diversa, centrada en el mantenimiento de la vida a partir de los recursos propios de la isla. Estos encuentros vienen inducidos por las situaciones de emergencia climática, como las de la borrasca Gloria o episodios que se han postulado como una amenaza al turismo de la isla, como el Brexit o la caída de Thomas Cook. Estos escenarios muestran la vulnerabilidad del modelo económico y social pero, a la vez, se han establecido como una ventana de oportunidad para crear conciencia y movimiento social, intentando responder a preguntas como: ¿si no vivimos del turismo, de qué vivimos?, ¿cómo nos organizamos?, ¿cómo recuperamos oficios vinculados al territorio?, ¿cómo sostenemos vidas que valga la pena vivir?, y un largo etcétera. 

Paralelamente, Margalida ha participado de forma activa con el Col·lectiu Tot Inclòs, un colectivo autogestionado desde donde se analizan de forma crítica los daños y las consecuencias que tiene la industria turística sobre las Islas Baleares. El colectivo ha elaborado durante años un monográfico anual y en 2018 culminó su trabajo con la presentación del documental Tot Inclòs, donde se cambia la mirada con la que se analiza la realidad y, por primera vez, se empiezan a cuestionar las causas de la situación actual, es decir, el propio modelo turístico imperante en vez de únicamente sus efectos. La creciente crítica al modelo económico basado en el monocultivo turístico ha propiciado la confluencia de un gran número de movimientos sociales que, hasta la fecha, habían trabajado de forma independiente para revertir las consecuencias de un modelo turístico depredador. Algunos ejemplos pueden ser personas jóvenes de la isla con problemas de acceso a la vivienda, las “kellys” o agricultoras que se ven con dificultades para continuar viviendo de su trabajo, entre muchas otras afectadas. 

Junto a este cambio de perspectiva, Margalida sitúa un punto de inflexión en su tarea como activista en el hecho de entrar en contacto con el ecofeminismo. En primer lugar, a través de un curso sobre urbanismo feminista promovido por el Col·lectiu Punt 6, resignificando conceptos ecologistas en perspectiva de género. En segundo lugar, el acercamiento a las ideas de Marusia López, defensora mexicana de los Derechos Humanos, y de Lolita Chávez, activista ambiental y feminista guatemalteca actualmente exiliada, aportó a su discurso conceptos como la identificación con la naturaleza, la labor comunitaria y una cosmovisión profundamente anticapitalista y antipatriarcal. A partir de estos dos encuentros, se adentra en otras ramas de los feminismos, como pueden ser la economía feminista, de la mano de Amaia Pérez Orozco, la lectura de Silvia Federici, el papel de los medios de comunicación con Meritxell Esquirol, o los feminismos decoloniales. Todo este conocimiento, afirma, la ha llevado a revisarse y cuestionarse tanto el discurso como la vida, en un proceso de aprendizaje constante. 

Como retos de futuro, pues, constata que es necesario aplicar estas lógicas a entidades como el GOB que, a pesar de seguir desarrollando tareas de gran relevancia y de incidencia política en la defensa del territorio, ahora deben ir un paso más allá. El discurso ecofeminista debe conllevar la apertura de procesos de revisión del funcionamiento interno de las entidades sociales, que siguen siendo marcadamente patriarcales; así como también los privilegios de las personas que los integran y de las lógicas desde las cuales actúan. Como concluye Margalida, aceptando que el capitalismo ha llegado a su máximo, el ecofeminismo es el marco que nos permite pensar una sociedad post-capitalista. 

Agnès Rodríguez, en defensa de la profesión de la guía turística 

Agnès Rodríguez es una mujer que se define como abierta, atenta, resolutiva, charlatana y también bastante mandona. Estas son algunas de las cualidades que la acompañan en su profesión, ya que Agnès es guía por Cataluña y también dentro de Barcelona, su ciudad natal, aunque de vez en cuando también amplía sus fronteras hacia el extranjero, especialmente en Noruega y Canadá. Está habilitada por la Generalitat de Catalunya, habla cinco idiomas y cuenta con trece años de experiencia en esta profesión por diferentes países del mundo (República Checa, Croacia, Bélgica, entre otros). A pesar de disfrutar mucho de su oficio, este no fue siempre su primera elección. Estudió historia en la universidad y trabajó de muchas otras cosas no relacionadas con el turismo, a excepción de un puesto como animadora en un hotel, en el que ya demostraba sus capacidades resolutivas y comunicativas. Más tarde, a partir de su fascinación por la profesión, realizó un módulo de guiaje y, posteriormente, se sacó el carné de guía.

Agnès se presenta como una persona preocupada por el bienestar de la ciudad y de sus ciudadanos, concienciada por los impactos del turismo y conocedora de sus limitaciones, aspectos que intenta compartir con los visitantes que guía por la ciudad y también con las empresas con las que trabaja. Además, ella forma parte de una lucha por la dignificación de la profesión de guía y contra la precarización de las condiciones de trabajo a las que estas personas se ven sometidas. Esto lo realiza de la mano de la Associació de Guies de Turisme de Catalunya (AGUICAT), de la que ha sido presidenta durante los últimos dos años.

Esta asociación cuenta con 371 miembros y trabaja por un turismo responsable, respetuoso y de calidad hacia la experiencia del turista y, especialmente, hacia las condiciones de trabajo y la satisfacción de los/as guías turísticos/as. Mediante el trabajo realizado por la AGUICAT, se ha llegado a dar visibilidad a la profesión en escuelas, monumentos e instituciones y se ha luchado para que aquellos dedicados al guiaje desempeñen un trabajo de calidad, transmitiendo información verídica y colaborando en la mejora de las condiciones laborales del gremio, insistiendo en la necesidad de pasar un examen de conocimientos con tal de habilitarse como guía.

Agnès afirma que se siente muy orgullosa del trabajo realizado por la AGUICAT y, aunque ahora ha dejado paso a una nueva junta, expresa su intención de seguir alzando la voz a nivel individual, no sólo por el guiaje o en nombre de la actividad turística en general, sino también por el bienestar de la ciudad. 

Elides Rivera, la lucha, la resistencia y la persistencia de las mujeres indígenas

A lo lejos se escucha el cantar de las chicharras, el sonido de las aves, en un clima lluvioso en aquellos días de septiembre en Costa Rica. Elides pregunta si tomamos café chorreado, que para ella es lo mejor para acompañar una conversación. Le apasiona el cuidado de su jardín y la naturaleza que le rodea. La lucha por la defensa de su territorio la ha llevado a liderar diversas actividades como gestora comunal.

Elides Rivera es una mujer indígena originaria del pueblo de los Teribes o Térraba (Brörán) que se ubica en el Pacífico sur de Costa Rica, en el cantón de Buenos Aires, provincia de Puntarenas. A sus 53 años de edad dirige la presidencia de la Asociación de Mujeres Mano de Tigre que está integrada por 12 mujeres y es un centro cultural que ofrece actividades vinculadas al etnoturismo y al turismo educativo. Pese a que no logró completar sus estudios de secundaria, siempre le ha gustado la lectura de temas que tienen que ver con su cultura y con el liderazgo de las mujeres. Como ella afirma: “La asociación de mujeres nace para visualizar la parte económica sin dejar a un lado el espíritu de lucha, de resistencia y de persistencia que tenemos las mujeres indígenas”.

Elides se levanta siempre muy temprano para alimentar a sus gallinas y a sus chanchitos. Las condiciones socioeconómicas en la familia y en la comunidad siempre han sido inestables, sostiene: “En la asociación trabajamos por el bienestar de muchas mujeres tanto dentro del territorio como fuera, en esa lucha por reconocer que somos mujeres sujetas de derecho y reconocer que merecemos tener una vida digna”. Además, hacia los años ochenta llegó el proyecto de la Hidroeléctrica Boruca, con unos estudios de factibilidad promovidos por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). Aunque los pobladores locales no estaban preparados, resistieron a este proyecto. De ahí aprendieron que “era importante fortalecer la parte económica, porque la lucha social requiere de tiempo y recursos. Llegas a la casa y tienes hijos, nietos y las necesidades no están cubiertas.” 

Elides reconoce abiertamente que el turismo ha llegado a fortalecer su situación económica, pero también la cohesión social y la capacidad organizativa de las mujeres. Su participación activa en la asociación la ha llevado también a formar parte de la defensa que su comunidad ha hecho del Río Térraba en contra del Proyecto Hidroeléctrico Diquís. La importancia de reafirmar su identidad la aprendió en la escuela cuando era niña: “Usted es Chola, usted es india” le decían los “otros”. Eso la motivó a no sentir nunca vergüenza de sus raíces, algo que ha logrado transmitir a otras mujeres de la comunidad y a sus descendientes. La firmeza de sus palabras queda impregnada en su rostro, en los rasgos y en los gestos que la han acompañado siempre y que la definen: “Como mujeres estamos llamadas a mantener el espíritu de nuestros pueblos; agradezco a mis ancestros por dejarme la identidad y no avergonzarnos de lo que somos”.

La lucha por los derechos indígenas sigue cobrando vidas en Costa Rica. Elides es una de las mujeres del pueblo Térraba que ha sufrido amenazas por la defensa de sus derechos. A ella y a todas las mujeres que defienden sus espacios de vida dedicamos este homenaje.

 

Este artículo se publica en el marco del proyecto «Plataforma de investigación en turismo, derechos humanos y equidad de género» desarrollado por Alba Sud con el apoyo de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo (ACCD) (convocatoria 2019).
 

 

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